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El evangélico

Por @matucastelli

El evangélico es una novela sobre la amistad y la traición. El barrio es en sí mismo un estado-nación y el paso que da un grupo de adolescentes al cruzar la vereda significa salir a la vida. Están los Heredia y está Martín, el narrador. Martín tiene una diferencia de clase con el resto de su banda. Esa diferencia entre los vecinos y amigos es muy leve, casi imperceptible. Y a su vez significa también un abismo como ese vidrio -por cierto invisible- que separa nuestro deseo de lo que vemos en una vidriera. Desde un principio sabemos que habrá una traición. Como un prestidigitador, uno de los tantos primos o hermanos Heredia le pone a Martín el apodo de Colmillo. Tarde o temprano el Niño Bien va a hincar el diente. Pero El Evangélico es como las buenas películas con esquema racconto: podemos saber el final; lo que importa es el recorrido. Y como ocurre en las buenas novelas, la trama de El Evangélico mantiene en vacilación a los lectores, aunque el final pueda parecer cantado.

El evangélico me hizo acordar a El origen de la tristeza, otra buena novela de iniciación en clave arltiana. En El Juguete rabioso, Silvio Astier y sus amigos van a robar libros a una escuela. En el origen de la tristeza, la banda de pibes realiza su travesía hasta las quintas del vino patero de la costa de Avellaneda. En la novela de Matías Gómez/@matiassgoma, los pibes van a robar unas herramientas a un corralón. Léase cada época según el botín. Estos actos de vandalismo son un ritual de pasaje. La novela de Gómez sube la apuesta cuando la bandita se cruza con un chino que advierte el robo en su mercado y saca una escopeta. En un segundo, en una mirada, la banda se juega un pacto de sangre de años.

El evangélico es también una novela sobre el conurbano, sobre un barrio que representa a los miles de barrios que conforman ese Frankenstein de municipios. Borges nos regaló ése resaltador flúo para leer que funciona como el marcador para detectar dólares truchos: sabemos que la novela de Gómez es auténticamente coburba porque no señala al barrio al igual que sabemos la autenticidad del Corán porque en sus páginas no hay ni un solo camello. Con una impecable tarea de poda y estilo por parte del editor Ariel Shalom de @dedaluseditores , la novela narra sin descripciones miméticas. Matías Gómez no apela a los atajos del código fierita. El estado-nación barrial tiene sus señores feudales e instituciones que lo atraviesan a baja intensidad al igual que esos patrulleros hechos pelota que pasan cada tanto, a veinte por hora, por las calles de tierra. Hay una escena en la que Colmillo cruza la frontera. Sale de su hábitat para ir a visitar a un tío abogado a unos Tribunales. Martín, alias Colmillo, queda arrumbado en una esquina del juzgado y observa cómo le plantan pruebas a un perejil antes de que llegue al menos un defensor oficial. La escena fluye sin guías de lectura políticamente correctas. La novela te lleva pero no evangeliza al lector. Otros sitios importantes sobre los que se organiza el estado-nación barrial es la esquina, más aún si en es una esquina con kiosco. Aquí Gomez hace un involuntario homenaje a su nouvelle anterior, Cigarrillos Sueltos. Allí hace pie en ese panóptico y aglutinador de acontecimientos que es el kiosco. Está claro que no hablamos del drugstore sino de ese miserable kiosco ventana por el que espiamos el living de una casa.

El estado-nación barrial crece, desde los 90, alrededor de un nuevo señor feudal postmoderno: el pastor. La familia de Martín se acerca a la Iglesia evangélica y, como desde el origen de los tiempos, el joven Colmillo siente ganas de ir para encontrarse con una linda feligresa. La relación de amistad/patrocinio entre Colmillo y el Pastor es bellísima. Tampoco aquí la novela cae en la trampa moralizante. Recordaré una escena para siempre: el pastor cree que Martín será su gran discípulo. Por esto lo invita a sentir la pasión del altar: enciende las luces de la iglesia vacía para que el joven Martín practique y prepare sus primeros pasos como un predicador.  Colmillo tiene pasta, el joven siente el despertar de una vocación y los lectores casi tocamos las llagas de la escena con nuestras propias manos. Asistimos a uotrona epifanía y vemos que todo es posible gracias al milagro de la transfiguración.

Estos párrafos salieron a la luz en Villa Celina: Robo a una familia que venía juntando fondos para una operación en alcancías tradicionales. La nota permitió que con un alias pronto se pueda recuperar lo robado, y mucho más. La foto es en calle 5, muy cerca del Riachuelo y Avenida General Paz. A un click, está la reciente nota que publicamos aquí en elabrazo.ar, La democracia como voluntad de dios. Veronica Benaim/@vebenaim analiza la incidencia de los diputados evangelistas en Sudamérica. Recordemos que hace unos meses un pastor chaqueño que alaba al presidente Milei anunció una milagrosa neo convertibilidad: dijo que gracias a sus rezos las donaciones en pesos se habían transformado en dólares de un día para el otro. La multiplicación de los panes verdes anunciada por el Pastor  Ledesma de Portal del Cielo se interpreta bajo la exégesis de lavado de dinero, más cerca -por ahora- del código penal que de la hermenéutica.

 

3 comentarios en “El evangélico”

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