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La reinvención del amor

Por Hernán Vanoli

 

Este libro me atraviesa en varios sentidos. Primero porque lo escribió un gran amigo. Pero además tiene dos cosas que siempre valoramos cuando hablamos de la literatura, que es lo que más nos interesa, y que a mí personalmente es casi lo único que me interesa: por un lado un rigor estilístico, un tono, un gran respeto por la belleza de las frases y a través de ellas por el lector. Y segundo que es un libro que va en contra de su autor: Joaquín no es tan medido, ni tan reflexivo, ni tan paciente, ni tan didáctico como su libro. Es un libro sutil, sosegado, que se toma su tiempo y no es tajante, hecho por un tipo que es más bien lo contrario. Entonces es el producto genuino de un trabajo del autor sobre sí mismo. Para mí, que me gusta leer a los libros como continuidades de los autores, esto es una maravilla, algo exquisito. Porque además vi el proceso de construcción de este libro: las idas y vueltas, la pandemia, las reversiones, las conversaciones con unos y otros, la prueba de sus hipótesis en su propia vida y en la vida de todos nosotros, y entonces es un proceso social, de amistad, de pensamiento, que es maravilloso. Y que celebro que haya cristalizado en este hermoso libro.

Todo buen libro es antes que nada una máquina de pensar, una prótesis de la imaginación. Por eso voy a listar algunas ideas del libro que me quedaron resonando, que me ayudaron a pensar.

La idea de internet como un playroom y un lugar de la gestión y la producción de ansiedad, un acelerador de la experiencia y un feed lot de emociones. Creo que hay pocas ideas tan precisas, tan polivalentes, sobre lo que es la web. Yo que tengo la idea de que lo lúdico es la fuerza social que va a preponderar en el futuro creo que esta lectura que hace Joaquín es muy acertada, hasta podría decir disruptiva para una cultura como la nuestra que está más cerca de lo apocalíptico y del fatalismo a la hora de pensar a internet. El libro tiene un gran equilibrio entre no presentarla sólo como un artefacto del mal y de la dominación -que de hecho lo es- sino también como un espacio de gestión y de ampliación retorcida de lo humano.

Toda democratización implica a la vez una pérdida y que la dimensión de esta pérdida está implícita en el tipo de rituales que generan las instituciones. Todo esto que podría ser aplicable al orden republicano en un momento en el cual muchos pensamos que las democracias occidentales fracasaron puede leerse en el análisis que hace Joaquín de las sociabilidades y la reinvención del amor en el prisma de las aplicaciones de citas. ¿Qué pasa por los rituales cuando además de estar mediados por instituciones, por discursos, por afectos y por representaciones están mediados por una app? Bueno, indudablemente hay cosas que se ganan con esta aplicación, pero también hay cosas que se pierden. Esta idea simple me parece bastante disruptiva para todo el paradigma que piensa que a mayor democratización sube la calidad del producto social de las interacciones. La afectividad que surge del tipo de democratización que proponen las aplicaciones de citas es una afectividad casi inasible, lábil, hipersegmentada, y aparecen formas sociales nuevas como los teasers, los baits, los disclaimers. No es ni mejor ni peor que el orden tradicional, trae nuevas formas de subjetivación, hay cosas que se ganan y cosas que se pierden. Hay una tensión ahí que me parece muy rica también para empezar a hacerse preguntas sobre las instituciones y la democracia. ¿Habría un segmento de gente que accedería a una aplicación que module más sus prácticas afectivas? ¿Podríamos volver a matrimonios arreglados por una app? ¿Podría haber un scoring estatal de responsabilidad afectiva? ¿Producirían esas tecnologías una mayor o una menor felicidad social?

Esto tiene que ver con un tercer punto que se vincula a una pregunta muy actual, que es la pregunta por la desregulación, que en otras palabras es decir una regulación conformada por la dialéctica entre las finanzas y la tecnología. Yo no quiero ser conservador, pero creo que las transformaciones en las subjetividades que describe el libro son en cierta forma una advertencia sobre la desregulación. La pornificación, la lógica gamer, el pos romance, el morbo y el sadomasoquismo, ¿no son acaso efectos de un tipo de desregulación específica, la desregulación que les otorga todo el poder a los dueños de las aplicaciones? ¿Pero no son también afectos específicamente humanos y civilizados, es decir refinados? Si la regulación no funciona, pero la desregulación tampoco. ¿Cómo salir de esta encrucijada? El mercado del amor desregulado que propone este libro, creo yo, es una invitación a mirar el mundo que se viene, sin demonizarlo pero sin glorificarlo. Creo que es una invitación a pensar, con un lenguaje nuevo, cuáles son los límites de la desregulación y los beneficios de la libertad y de la individuación. El libro nos advierte que ya no se puede volver atrás, pero que acelerar en estas condiciones mentales y afectivas puede ser también peligroso.

Una última cosa que me resultó muy rica es la idea de que las aplicaciones de citas y estas transformaciones en las subjetividades anticipan en cierta medida lo que va a suceder con el acto de consumo si alguna vez se logra una sociedad de la abundancia. ¿Estoy diciendo que esto va a suceder? No lo sé. No sabemos si llegaremos a vivir una sociedad de la abundancia. Lo que si digo es que la idea de inmersión, disponibilidad, micro dosis de intensidad sumadas al costado sacrificial que hay en los encuentros cara a cara que se producen en las aplicaciones de citas, junto con la ruptura de las burbujas de filtro, son un modelo interesante para pensar el acto de consumo, quizás no tanto el acto amoroso. Para decirlo mal y pronto, las aplicaciones de citas no nos hablan tanto de nuestras formas de amar como de nuestras formas de consumir. Están a la vanguardia del consumo más que a la vanguardia del amor. Yo creo que lo que esas personas dicen de sí mismas y de lo que aspiran lo dicen sobre su relación con los objetos antes que con las personas, es decir, sobre la relación a la que aspiran en relación a su soberanía personal antes que a la relación con el otro. Por eso para mí es un libro más sobre el consumo que sobre el amor. El amor es dolor, el amor es incomodidad, es sacrificio, en poner adelante lo que necesita el otro, y es, además de la pasión, gestionar la mierda y gestionar la supervivencia de una forma de ver el mundo. Por eso el libro de Joaquín me hizo pensar que las aplicaciones de citas están a la vanguardia del acto de consumo, pero a la retaguardia del amor. Claro que nos hablan de la conquista, del encuentro, de las fantasías y de las creencias, pero siempre con la lógica del consumo. Este es un gran libro sobre el acto de consumo, sobre las subjetividades de consumo, sobre todo aquello que la economía ni siquiera puede nombrar, y ese es el trabajo nuestro, de los sociólogos, nombrar todo aquello que la contabilidad no puede terminar de comprender.

Quiero agradecerle a Joaquín por haberme invitado a presentar su libro, agradecerle por el trabajo, por todo lo que me hizo pensar, y recomendarles a todos que lo lean, porque es un libro que queda rebotando, como una bala de punta hueca, con el cual uno se queda pensando, lleno de ambivalencias y de puntas para que cada loco que lo lee se haga muy buenas preguntas, tanto sobre el amor como sobre qué es ser una persona hoy.

 

*El escritor y sociólogo Hernán Vanoli “leyó” este texto en la presentación del libro de Joaquín Linne. Utilizamos comillas porque más que una lectura fue una interpretación, un lúcido stand up junto a la escritora Tamara Tenenbaum. Posiblemente no haya mayor mediación entre noticias y pensamiento, entre subjetividad y amor, que las app que moldean nuestra cotidianeidad. Por eso esta presentación es un texto más que adecuado para Paseador de libros. La falta de responsabilidad afectiva es una marca de época. Sus emergentes son el curving o el más dramático gosting, síntomas digitales de aquel “fue a comprar puchos y nunca volvió”. Una pregunta sobrevoló la presentación ¿Podría existir un scoring amoroso?¿Quién debería regularlo? El Estado o cada uno de nosotros, como en el capítulo de Black Mirror, como en el caso de un chofer de Uber, llevaría un ranking digital en el pecho de responsabilidad amorosa?

2 comentarios en “La reinvención del amor”

  1. Muy interesa tu crítica. Diría que el libro es sobre las app de citas y nuestras formas de consumo en las redes. Me gustó mucho la analogía con la Caverna de Platon, muy buena imagen de la imagen que nos devuelven las app y que contribuimos en parte a firmarlas. Te ilustra también sobre los neologismos en inglés que se usan en estás aplicaciones (claro es el idioma de nuestra madre patria 🤔😖) que los adultos desconocemos

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