Hace pocos años un cartel inmenso sobre la Panamericana mostraba a un primer candidato a diputado mirando a cámara. “Pienso como vos”, era el único texto que acompañaba a la foto. Dicho cartel representaba el grado cero absoluto de la política. Es decir, dicho candidato, que por cierto ganó las elecciones, pensaba igual que el que estaba a favor de la tenencia de armas y al que estaba en contra, pensaba igual que el que militaba por la despenalización del aborto y pensaba al igual que estaba en contra de la interrupción voluntaria del embarazo, pensaba igual que el que proponía la privatización total de la econonomiaeconomía que quien sostenía la importancia de la intervención del estado. Como la famosa frase de Groucho MarchMarx, ese candidato tenía la capacidad de amoldar su discurso según cada uno que lo miraba.
Frente a ese candidato, ya ganador de la elección, nos pone la trama de Mi querido presidente, la obra de teatro protagonizada por Maxi de la Cruz y Miguel Angel Solá que se presenta, con gran éxito, en el Teatro Apolo de Avenida Corrientes. Maxi de la Cruz interpreta a un presidente que en poco masmás de dos horasuna hora tiene que dar su primer gran discurso a la Nación. El pequeño gran problema es que al Presidente Electo le surge una picazón insoportable en la nariz, un TIC espantoso que no puede evitar cada vez que comienza a repasar su estudiado discurso que, como siempre, repasa y aprende de memoria. Miguel Angel Solá interpreta al psiquiatra que es convocado de urgencia por el Jefe de Gabinete para destrabar al presidente de su terrible bloqueo.
Sin artificios escénicos, sin efectos sonoros, la obra mantiene su eficacia sostenida en el guiónguion y en las logradísimas actuaciones. Maxi de la Cruz da vida a ese político tan disociado como contemporáneo. El cuerpo de De la Cruz aparece disociado ente quebrado entre su persona y el mandato de las encuestas. Un político exitoso construido a base de encuentas.marketing (a quien le quepa el sayo que se lo ponga). Con gestos grotescos DiscépolianosDiscepolianos, más que una persona, el Presidente es un cyborg entre marketing e IA y cierta corporalidad hurmana.humana. En tanto, Miguel Angel Sola interpreta con gran precisión al psiquiatra con un buena mixtura entre lo coloquial y la divulgación del psicoanálisis. Solá pareciera poseer una alarma interna que le advierte cuando subir el tono y sobre todo, cuando no caer en la sobreinterpretacíón.sobre interpretación o mucho peor, lo impostado o lugar común de lo esperable para un psiquiatra.
El guión establece un recorrido psicoanalítoc fascinantepsicoanalíto por la neurosis de un presidente. Mientras el político intenta conseguir una pastilla que domestique y haga desaparecer el tic, el psicoanalista intenta destrabar los traumas ejercidos por el padre empresario que despreciaba las ambiciones políticas durante la niñez del flamante presidente (a quien le quepa es sayo que se lo ponga II). El recorrido es revelador desde el psicoanálisis. Y al mismo tiempo la obra le devuelve una pregunta inquietante al espectador: qué hacer de nuestras subjetividades en un mundo manejado por los clicks y ante candidatos que, sin los mandatos de los focus group y las encuentas, no tienen nada pero nada para decir. La obra es una eficaz adaptación de la película romántica de 1995 con Michel Douglas y Sydney Ellen Wade. En el escena porteña la obra vira hacia la tradición criolla del grotesco pues el duelo verbal entre el político y el psiquiatra da ganas de reír y llorar al mismo tiempo. También es acertada la adatación en cuanto a los giros políticos. El vasallaje por la política ante las corporaciones es un tema universal pero en la obra se transcribe muy bien a los juegos de poder de nuestras latitudes.
Asistí a la obra un jueves de verano. Me alegró encontrarme con una sala llena y con una avenida Corrientes a tope con fila en sus restaurantes más tradicionales incluso ya cerca de la medianoche. Asistí con un primo que vive en Europa y me comentó algo que tal vez los porteños tenemos naturalizado. A pesar de las recurrentes crisis de consumo, Buenos Aires mantiene un ecosistema teatral deslumbrante.