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La ciudad invencible, de Fernanda Trías

Conocer una ciudad es apropiarnos de ella. Vivir eso que no está en ninguna guía, página web o revista. Conocer una ciudad es formar una mesa de amigos. Y de la ciudad uno recién se puede ir cuando la ciudad ya está vencida. No hablamos claro de una conquista militar o etnográfica. Es más bien lo contrario: la ciudad entró en nosotros y ya ni habitante ni ciudad serán los mismos.

El recorrido de La ciudad invencible, de Fernanda Trías, no tiene mapas pero sí varias claves borgeanas: la no impostación de la voz, Buenos Aires como Nación (Bah, como señaló Georgie y glosa Ricardo, el personaje que se supone Ricardo Straface, Palermo es en sí una Nación), el tiempo o el orden cronológico como mera invención porque “todo coexiste”.

La novela se construye a base de dos escrituras. La narración de la conquista amorosa y urbana. Y la escritura burocrática y judicial que la narradora quisiera obviar pero no puede. A medida que avanza sobre la ciudad la narradora pretende dejar atrás a La Rata, una ex pareja violenta. La cartografía de una ciudad es un palimpsesto o más bien un edificio con distintos niveles. Los géneros discursivos, los tiempos y las dos escrituras inexorablemente coexisten y “no hay territorio sin vector de salida”.

Como advierte en la contratapa hay una frase sobre la supuesta tautología porteña que aglutina todo lo que viene a decir esta hermosa novela: “La literatura de Buenos Aires es Buenos Aires. No se puede buscar, como no se puede encontrar nada dentro de una caja vacía más que la caja misma”. La narradora sufre un gran desilusión al buscar la casa donde nació Borges o el departamento de Pizarnik. En parte disiento con Trías: esto que señala sobre una calle en particular no es más que una entrada a la literatura universal. Qué puede ser más inasible que buscar el verdadero balcón de Romeo y Julieta. O ir a la búsqueda del zócalo de

Praga en el que se esconde Odradek, cuyo gran rasgo definitivo es ser indefinible. Lo mismo le pasó al escritor moralista que quiso rescatar en una pensión con dirección específica a una prostituta que sólo era real en las cartas de un escritor. Esta desilusión se hizo millones cuando la cultura popular descubrió las caras que los oyentes imaginaban: la cara del actor nunca coincide con la que el oyente de radioteatro había imaginado.

Literatura y territorio nunca da recorrido cartográfico, da siempre ciudad inventada. Hay cierta obsesión de esta novela por perderse y a su vez tener conciencia de los puntos cardinales, “estar ubicado”. Cada vez que se pierde, en el espacio o en la angustia, la narradora piensa en Odradek, porque como todos intuimos -o quisiéramos-, la literatura vuelve invencibles a sus lectores, habitantes y ciudades.

Anduve bastante con este libro por Longchamps, Tablada, Moreno y otros arrabales de Palermo.

Pero esta foto es de Caballito, a la vuelta de casa, en un bar que es mi espacio de lectura.

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