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Aira en su barrio

Lectura de La Liebre por el caos de locales de ropa de avenida Avellaneda, barrio de Flores.

Tema del día: los tenaces latrocinios de mecheras y mecheros.

Aquí las desopilantes andanzas de un naturalista inglés, entre Rosas, Cafulcurá, Prilidiano Pueyrredón.

Aira contó en alguna entrevista que escribe en cuadernos sentado a la mesa de un bar.

Nunca se detiene. Bueno, eso está muy claro más allá de que lo comente o no en una entrevista. Llega el mozo, le da la cuenta. El comentario del mozo sobre el día lluvioso tiene altísimas probabilidades de sumarse a la ficción.

Hace unos diez años escuche a un escritor al que admiro decir que Aira está en el centro del canon literario argentino. Quedé desconcertado, le dije que de ninguna manera. Como a tantos (suposición en base a charlas con lectores amigos y conocidos) los libros de Aira me desconciertan. Algunos, como Ema, la cautiva y Un episodio en la vida el pintor viajero (otro viajero del positivismo, esta vez Rugendas, hermosa reedición de Blatt y Ríos a 20 años de primera publicación) me fascinaron; otros, tantísimos, me parecieron un devaneo insoportable sin ninguna motivación. Casualmente, los libros que más me gustaron reinventan el Siglo XIX canónico.

En fin, a esta altura, mientras leo La Liebre, le doy la razón a mi amigo: Aira es el centro de la

literatura argentina. Un centro rizoma, caótico, sin centro, como las galerías de Avellaneda. Te

metes por Boyacá y salís vaya a saber dónde.

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